por la larga carretera.
Ya no llovía.
El viento no se movía...
Reñíamos en voz baja
por necedades pequeñas.
¡Niños que juegan a herirse
aunque la herida les duela!
Reñíamos, porque nunca
dos que se quieren de veras,
logran probar la alegría
sin mezclarla con tristeza.
Expresabas tu rencor en crueles palabras negras
clavando en el corazón alfileres y saetas.
Se alzó rápido mi orgullo,
y con las pupilas secas,
y desafié tu violencia.
Entonces la luna sabia nos enredó en su madeja
Tu mano buscó mi mano en una caricia tierna,
y yo doblé, avergonzada,
la petulante cabeza, olvidando, como niños,
penas, rencores y quejas.
Después...
Nunca fue una noche mejor que la noche aquella.
Húmeda noche fragante.
Noche de luna canela.
El reloj marcó la hora: doce campanadas lentas...
Cuando la dicha nos llegalos minutos se atropellan.
Regresamos, en silencio,
por la larga carretera,
con las manos enlazadas y con las almas suspensas.
Ya estaban en la ciudad cerradas todas las puertas,
y ninguno caminaba por las calladas aceras.
Así, nadie adivinó la dulzura que era nuestra.
Sólo la luna sabía.
Pero la luna es discreta...










